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LÍNEA DE ATRAQUE: NAGORE BONILLA DIRECTORA GENERAL BASQUE TRADE & INVESTMENT, AGENCIA DE INTERNACIONALIZACIÓN VASCA

"Internacionalización estratégica en tiempos de fragmentación: gestionar riesgos, no solo exportar".
El tablero del comercio internacional se ha reconfigurado aceleradamente entre 2022 y 2026. El uso de los aranceles como instrumento de presión económica, la rivalidad tecnológica entre bloques, la volatilidad energética y las disrupciones logísticas han transformado la apertura exterior en una fuente simultánea de oportunidad y vulnerabilidad. La respuesta ya no puede ser simplemente “exportar más”. El imperativo de este ciclo es avanzar hacia una internacionalización estratégica: un diseño planificado de las conexiones globales que refuerce la resiliencia, reduzca las dependencias y gestione activamente el riesgo. La internacionalización se convierte, así, en una herramienta para mitigar riesgos.
A nivel de empresa, y el puerto de Bilbao no es una excepción, este giro exige repensar las decisiones que antes se tomaban casi por inercia. La primera es la configuración de mercados: diversificar la cartera de destinos no es solo una estrategia de crecimiento, sino también una forma de gestionar el riesgo país y la demanda. En este sentido, el Mercado Único europeo recupera protagonismo: su previsibilidad regulatoria, la ausencia de barreras internas y la progresiva integración del mercado de servicios lo convierten en una base sólida para la resiliencia de la pyme industrial. Pero no puede ser la única. Los acuerdos comerciales de la UE —con Japón, Canadá, México, Chile o, en proceso de ratificación, Mercosur— abren acceso a mercados con reglas conocidas y mayor seguridad jurídica. Utilizar esta red como guía de priorización geográfica sigue siendo una de las herramientas menos aprovechadas por las pymes exportadoras.
La segunda decisión crítica es la combinación de modos de entrada. Exportación directa, agentes locales, implantación comercial, alianzas o inversión productiva no son opciones excluyentes, sino elementos combinables que aportan flexibilidad y reducen la exposición a cambios en el entorno. La tendencia hacia la relocalización de las cadenas de suministro abre, además, una oportunidad para las empresas de regiones industriales consolidadas: posicionarse como proveedor cercano y fiable para cadenas en reconfiguración es hoy una vía de crecimiento tan relevante como la entrada en nuevos mercados.
La tercera palanca es el rediseño de las cadenas de suministro. Identificar dependencias críticas —en materias primas, componentes o tecnología— y diversificar proveedores ya es una necesidad operativa. A ello se suma una mayor complejidad regulatoria: medidas como el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono (CBAM), los requisitos de contenido local o los controles a la exportación de tecnologías sensibles obligan a integrar el cumplimiento normativo en el diseño de la cadena, no como una verificación final. La regulación ha pasado a ser un factor determinante de la estrategia.
A nivel de política regional, el enfoque equivalente consiste en gestionar la internacionalización como una combinación de riesgos y capacidades. Esto exige, primero, atender a la concentración geográfica del tejido exportador: una elevada dependencia de un mercado o bloque implica un riesgo que ninguna empresa puede mitigar por sí sola. Segundo, combinar la proyección comercial con la atracción selectiva de inversión extranjera que aporte tecnología, talento y acceso a redes internacionales, preservando las funciones estratégicas en el territorio. Y, tercero, ampliar el concepto de internacionalización más allá de los bienes y el capital: el talento, el conocimiento y la capacidad tecnológica también forman parte de esa proyección exterior.
La experiencia vasca ilustra esta lógica: con 29.851 millones de euros en exportaciones en 2025, el cuarto mejor registro histórico pese al contexto adverso, la resistencia del tejido exportador refleja años de diversificación acumulada y un modelo de acompañamiento público que cubre todo el ciclo de internacionalización.
Y todo ello sin olvidar el papel de la logística, facilitador de la internacionalización del tejido productivo, más allá de hacer de puente entre cliente y proveedor. En un entorno tan convulso como el que vivimos, el máximo control de la cadena de aprovisionamiento pasa a ser una prioridad. Para ello, el puerto de Bilbao, junto con el resto de las infraestructuras logísticas vascas y sus empresas, se consolidan como aliados clave, ofreciendo la cercanía y la fiabilidad necesarias para asegurar la competitividad exterior.
Lo que este enfoque sugiere para el conjunto de regiones industriales europeas es claro: la internacionalización debe concebirse como el diseño de una posición exterior que combine apertura y control del riesgo. Lograrlo exige que las empresas incorporen la dimensión regulatoria y geopolítica como variables estratégicas, y que las instituciones construyan el apoyo necesario para que también las más pequeñas puedan hacerlo. Solo así una economía abierta puede mantener margen de maniobra en un entorno global cada vez más incierto.




