LÍNEA DE ATRAQUE | IVAN JIMENEZ AIRA PRESIDENTE AUTORIDAD PORTUARIA DE BILBAO

JULIO 2026| PUERTO DE BILBAO NEWS 113

"Pensar un puerto es pensar en generaciones".

Hay infraestructuras cuya importancia solo descubrimos cuando fallan. Los puertos pertenecen a esa categoría.

La pandemia, las crisis energéticas, las tensiones geopolíticas o las recientes disrupciones de las cadenas de suministro nos han recordado hasta qué punto nuestro bienestar depende de que el comercio internacional funcione con normalidad. Detrás de esa aparente normalidad existe una infraestructura silenciosa que conecta territorios, sostiene la industria y hace posible buena parte de nuestra prosperidad. En un territorio profundamente industrial y exportador como Euskadi, esta realidad adquiere una dimensión aún mayor.

Durante mi primer año al frente de la Autoridad Portuaria de Bilbao he confirmado una convicción: el verdadero valor de un puerto ya no reside exclusivamente en las toneladas que mueve, sino en la competitividad, la resiliencia y las oportunidades que genera para el territorio al que sirve, su hinterland o área geográfica de influencia.

Hoy un puerto es mucho más que un lugar donde llegan y salen barcos. Es una infraestructura estratégica que conecta un territorio con el mundo, facilita la internacionalización de sus empresas, fortalece la autonomía económica y contribuye a la resiliencia de las cadenas logísticas.

Su principal patrimonio es la conectividad. La terrestre, especialmente la ferroviaria, amplía el hinterland y acerca los mercados internacionales a empresas situadas a cientos de kilómetros de la costa. La marítima multiplica las oportunidades comerciales y determina la capacidad de un territorio para competir.

En el mundo portuario existe un principio tan sencillo como decisivo: la carga llama a la carga. Cuanto mayor es el volumen de mercancías que concentra un puerto, mayor es el interés de las navieras por abrir nuevas líneas y aumentar sus frecuencias. Y cuanto mayor es esa conectividad marítima, más atractivo resulta el puerto para nuevos tráficos, operadores e inversiones. Se crea así un círculo virtuoso que fortalece la economía y el empleo.

Por eso, el mayor patrimonio de un puerto no es su suelo. Es la conectividad que ese suelo es capaz de generar.

El suelo portuario es un recurso estratégico y no renovable. Su valor no reside en los metros cuadrados que representa, sino en las oportunidades que puede crear durante las próximas décadas. Una hectárea portuaria genera riqueza cuando permite atraer nuevos tráficos, reforzar las conexiones marítimas y ferroviarias y mejorar la competitividad del conjunto del sistema logístico.

En los puertos con escasas posibilidades de expansión, cada decisión sobre el uso del suelo implica un importante coste de oportunidad. Lo que hoy destinemos a un determinado uso dejará de estar disponible durante generaciones para otros que quizá puedan aportar un mayor valor estratégico al puerto y al territorio.

Esto no significa que los puertos deban convertirse en grandes polígonos industriales. Su misión es estar al servicio de la industria, ayudando a que las empresas sean más competitivas gracias a una logística eficiente y a conexiones internacionales de calidad.

Del mismo modo, el papel de los puertos en la transición energética no consiste tanto en ocupar suelo con actividades vinculadas a este sector como en orquestar, junto con otros agentes públicos y privados, un ecosistema de generación, almacenamiento y distribución de energía que refuerce la competitividad y la resiliencia del puerto, de la logística y de la industria. Esa es la diferencia entre ocupar espacio y generar valor estratégico.

Más que decir que los puertos compiten entre sí, hoy debemos entender que quienes realmente compiten son las cadenas logísticas, de las que los puertos constituyen un elemento esencial. Su fortaleza depende de la calidad de sus conexiones, de la eficiencia de sus servicios, de unos controles fronterizos ágiles, de una energía competitiva y de la capacidad de toda la comunidad portuaria para trabajar con una visión compartida.

Desde una perspectiva europeísta conviene recordar que existen ámbitos en los que Europa mantiene un liderazgo mundial. El marítimo es uno de ellos. Una parte muy significativa del transporte mundial de contenedores está liderada por navieras europeas y Europa continúa siendo referencia en ingeniería portuaria, innovación y servicios marítimos. Preservar ese liderazgo constituye una auténtica palanca de autonomía estratégica para nuestro continente.

Quienes dirigimos una autoridad portuaria sabemos que nuestro mandato es necesariamente limitado, pero las consecuencias de muchas de nuestras decisiones permanecerán durante generaciones. Esa realidad nos obliga a escapar de la lógica del corto y medio plazo para pensar siempre en décadas.

Quizá esa sea nuestra mayor responsabilidad: adoptar decisiones que no serán juzgadas únicamente por el éxito de nuestro mandato, sino por la prosperidad que sean capaces de generar cuando nuestro mandato ya forme parte del pasado.

Porque los puertos no heredan el futuro. Ayudan a construirlo generando aquello que ninguna economía puede permitirse perder: conectividad, competitividad y oportunidades para las generaciones que vendrán.

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